Castellano poscervantino

Este es un año realmente histórico. No por todos los sucesos que ahora mismo ocurren en todos los ámbitos y que en no mucho aparecerán en los libros de Historia, que también, sino por el cuadringentésimo aniversario de la muerte de dos de los mejores literatos de nuestra historia. El padre del más celebérrimo soliloquio de la Historia de la Humanidad y el escritor del segundo libro más vendido de -también- la Historia de la Humanidad (el autor del más vendido es Dios). ¿Supieron ambos autores que nada más y nada menos que cuatrocientos años después se los recordaría de tal forma? ¿Pero de qué forma?

Hace no mucho, Pérez Reverte nos recordó que David Cameron, primer ministro inglés, homenajeó por todo lo alto al mayor orgullo de las letras inglesas, William Shakespeare, añadiendo que se sentía orgulloso de hablar la misma lengua que la persona que escribió el mítico ser o no ser, y que, por el contrario, su homólogo español aún no había mencionado al creador de Alonso Quijano.

Cuatrocientos años más tarde, mientras Reino Unido saca su traje de gala para conmemorar la ida a mejor vida de su más célebre escritor, en España tan sólo dos de cada diez personas dicen haber leído la obra del Manco de Lepanto.

Ya no es cuestión de luchar por barrer hacia dentro, sino por defender la propia lengua, nuestra lengua. Siendo la segunda más hablada (justo por detrás del chino) es, sin duda, la lengua occidental más castigada por sus hablantes. Mientras los angloparlantes carecen de un organismo regulador de su lengua, nosotros tenemos una Real Academia de la Lengua que, además de permitir el uso de palabros como “murciégalo” o “almondiguilla”, regla y vela por el correcto uso lingüístico nacional. Si bien, además de declararse unánimemente en contra de presentar al festival de Eurovisión una canción escrita en inglés, también comenta la frecuencia del error de conjugación del modo imperativo -entre otros crasos errores-.

Desde hace algunos meses mantengo que la mayor patada lingüística a nuestra lengua es el mal uso de la segunda persona del plural del citado modo verbal, pues todos estamos acostumbrados a escuchar palabras como “fijaros”, “iros”, “callaros” o “vestiros”, tan comunes que ya parecen hasta correctos. Es uno de los inconvenientes de tener una lengua tan sumamente rica (pues en economía no, pero en eso sí que le damos mil vueltas a los hijos de la Gran Bretaña), que su riqueza en todos los ámbitos es tal que es difícil de sostener por todos sus hablantes.

La cosa no es algo para tomar a risa, ya no sólo por los imperativos. Tenemos un ministro, José Manuel Soria, recientemente huido por su implicación en alguna política económica tenebrosa por lares panameños, en cuya carta de dimisión figuran una frase de más de 100 palabras sin un sólo punto y seguido, el empleo de mayúsculas donde no corresponde y una suprema cacofonía por el empleo seguido de varios posesivos en una misma frase (“en relación a mis explicaciones de mis actividades empresariales anteriores a mi entrada en política”). Despedida, además, que culminó formulando un primoroso “a tomar por culo” dirigido a los medios. Si ni los ministros cuidan nuestra lengua, ¿quién lo hará?

Han pasado cuatrocientos años, y mientras el plagiador de Mateo Bandello (verdadero creador de la obra Romeo y Julieta) recibe un homenaje por todo lo alto, el gran creador del Quijote aún no está recibiendo los honores que merece; ni tampoco su lengua, castigada por un superlativo imperialismo lingüístico anglosajón.


Texto: Álvaro Arrans

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