Libertad

Hala abrió los ojos. Era el gran día. Todo el mundo dijo que su vida cambiaría a partir de ese momento, pero ella, por su temprana edad, ignoraba completamente todos los mensajes de desánimo.

Giró su pequeña cabecita y encontró a Aisha, una muñeca que un europeo alto y fuerte, uno de los que ofrecían primeros auxilios a los civiles heridos en tiroteos callejeros improvisados, le había dado hacía algún tiempo. Hala abrazó a Aisha, dándole unos calurosos buenos días y la miró fijamente. Como dándole instrucciones, le habló muy seriamente, imitando la gesticulación de su madre cuando le daba algún tipo de instrucción. Pocas pero suficientes y contundentes fueron sus palabras. La cogió de un brazo, se levantó firme y decidida, descorrió la cortinilla que separaba su estancia del salón y entró mostrando su mejor y más brillante sonrisa a darle un beso a su madre, que estaba poniéndose el velo. Su madre se giró, gritó su nombre con alegría y le dió un abrazo muy profundo. Después se separó de ella, le puso las manos sobre los hombros, la miró fijamente y le preguntó, casi llorando de alegría, que si estaba lista. Otra sonrisa y una cara de absoluta felicidad cargada de una notable inocencia infantil bastaron a su madre como respuesta.

Entre secos golpes de piedra que sonaban a lo lejos y que ya, prácticamente, componían la banda sonora de su ciudad, supo distinguir voces de su padre, que llamaban a Hala y a su madre. Se asomaron con mucho cuidado al borde del suelo, cuya separación con el vacío era inexistente. El esqueleto de lo que hubiera podido ser un elegante bloque de pisos hacía las veces de vivienda de la familia desde que el hogar de ésta fue ocupado por unos hombres barbudos, muy violentos, y provistos de todo tipo de pertrechos; los mismos hombres que desde ese momento gobernaron la ciudad ejerciendo el más cruento autoritarismo. Su padre había logrado arreglar una vieja furgoneta del desguace de la ciudad y permanecía sonriente junto a ella mirando hacia su mujer y su hija, como quien había conseguido un importante trofeo. Pero tampoco era para menos, esa vieja furgoneta era la llave que abriría la puerta que acabara con todos sus problemas. La escondió detrás del edificio, entre unos matojos.

Lo tenían todo listo para salir, tan sólo esperaban a la caída del sol para emprender el viaje de sus vidas. El día transcurrió despacio, muy despacio. Hala, sentada en el suelo y jugando con Aisha, no podía ocultar su aburrimiento. Sus padres acabaron de llevar al vehículo lo poco que les quedaba  y se sentaron también en el suelo, abrazados, y contemplando la imaginación de su hija, quien se dirigía afablemente a su muñeca. Para Hala, Aisha tenía mucha más vida que esos señores barbudos con turbantes. Y no iba muy desencaminada.

El sol terminó cayendo y los últimos rayos de luz estaban próximos a morir. La tensión en el ambiente aumentaba proporcionalmente a la oscuridad. Ninguno de los tres era ya capaz de articular una sola palabra, incluso Hala había dejado de jugar y se había sentado a ver anochecer. Fueron horas muy largas, especialmente la última. El silencio eran palabras del miedo en los padres de Hala. Sin comprender nada, hasta la pequeña estaba angustiada.

En el momento menos esperado, el padre de Hala se puso en pie muy despacio y comenzó a bajar a donde habían escondido el coche. Hala se giró hacia Aisha y le lanzó una mirada de complicidad asintiendo con la cabeza, infundiendo ánimos a la que en aquel viaje iba a ser su mejor amiga. Su madre esbozó una débil sonrisa, la cogió de la mano y bajaron juntas.

La furgoneta desde cerca presentaba peor aspecto del que parecía desde la casa, pero el interior era absolutamente paupérrimo. Un habitáculo de pocos metros cuadrados, repleto de objetos acumulados sin orden ni concierto y carente de asientos. En su lugar, trozos de tela recubrían un suelo metálico, poco confortable para hacer en ese vehículo un viaje de tantas horas. El silencio entre ellos ya no era tan abrumador como el anterior, tan sólo callaban para no alertar a quienes, marcial e injustamente, patrullaban las calles vacías. La madre de Hala acariciaba a su hija, y ésta, a su vez, acariciaba a Aisha. Su padre introdujo despacio la llave del coche en la cerradura, y antes de encenderlo, miró al cielo, rogándole por algo a alguien en quien nunca había creído. Se armó de valor, cerró los ojos y giró la pesada llave lo más rápido que pudo. Las luces delanteras se encendieron y el motor, en ademán de seguirlas, hizo varios intentos por despertar, pero volvía a dormirse. Los muchos rugidos que emitía, en un intento por encenderse, alertó a uno de los que vigilaban el estricto cumplimiento del toque de queda impuesto por aquellos que se habían adueñado de la ciudad, quien salió corriendo a intentar impedir la huida al grito de numerosos exabruptos en un idioma que ninguno de los tres ocupantes del vehículo supo identificar. Hala miró por la luna trasera y vió cómo aquel hombre se acercaba cada vez más. El motor seguía sin poder encenderse. En un intento por no darse por vencido, el padre echó los cerrojos de la destartalada furgoneta instantes antes de la llegada del vigilante. Una vez junto al coche, comenzó a dar golpes con fuerza mientras que ordenaba con una vigorosa voz que abrieran la puerta del coche. Después de unos larguísimos segundos de forcejeo del que podía haber sido su verdugo, el motor terminó de despertar y con un brusco acelerón, abandonaron el lugar seguidos por aquel hombre, que no fue capaz de alcanzarles.

Atravesaron muchas calles vacías, quebrando de la manera más brusca el silencio de la noche. La ruina de todas las edificaciones evidenciaban el paupérrimo estado de la población. Desde éstas parecía estar observándoles un millar de ojos con recelo. Hala supo orientarse pese al irreconocible estado de las calles y avenidas. Estaba contenta por haber conseguido escapar de uno de esos horrendos hombres barbudos, pero en sus padres no había ni rastro de felicidad.

Miró por la ventanilla. Entre la más absoluta oscuridad pudo distinguir algunos cuerpos en la acera tumbados bocabajo. No parecían llevar mucho tiempo allí. De repente, su madre la agarró de la cintura, la tiró al suelo de la furgoneta y le tapó los ojos como pudo. Volvieron a oírse gritos fuera de la furgoneta, cada vez más cercanos y fuertes. Al pasar junto a quienes gritaban, a gran velocidad, Hala escuchó tiros, muchos tiros. Algunos impactaron contra la luna trasera del vehículo, otros contra las ruedas y los restantes contra las paredes, sin llegar a penetrarlas. Por el momento ella estaba bien, pero sus padres comenzaron a gritar con todas sus fuerzas. El coche, con las dos ruedas traseras pinchadas, avanzaba cada vez más despacio y los gritos de quienes estaban fuera eran cada vez más próximos. Seguía sin poder ver. Las manos de su madre le cubrían todo el rostro, pero los gritos no cesaban. Ella estaba callada, queriendo pasar desapercibida, pero el miedo que sentía era mayor que cualquier otro sentimiento en ese momento y sus ganas de expresarlo de alguna manera crecían con una fuerza inimaginable. El coche ya estaba completamente detenido, y a juzgar por el ruido del motor, ya no iba a volver a circular por una calzada nunca más. Fue a abrir su boca para gritar con todas sus fuerzas, pero ningún grito partió de ella.

Jadeante, abrió los ojos en una mullida cama de una habitación oscura. Quedó unos minutos pensativa mirando por la ventana que había frente a la cama, asimilando una noche más que era otra vez ese horrible sueño, el que le martirizaba todas las noches desde hacía ya algunas semanas. Como cada noche, quedó pensativa mirando al horizonte que se vislumbraba desde la ventana. Tardó algunos segundos en darse cuenta de que su pareja la tenía abrazada, sujeta por los brazos e infundiéndole ánimos.


Texto: Álvaro Arrans

Imagen: Alex Proimos

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