Cádiz

La semana pasada tuve la oportunidad de pasar algunos días en Sanlúcar de Barrameda, uno de los mejores lugares de la provincia de Cádiz conocido por ser el lugar de desembocadura del río más importante de Andalucía, el Guadalquivir.

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Si bien la masificación urbanística hace acto de presencia, al igual que en gran parte de la costa del país, la belleza de algunos de los parajes no se ha visto disminuida en absoluto. De hecho, el archiconocido Parque nacional y natural de Doñana puede ser visto en la otra orilla del río, en los últimos metros de su recorrido antes de llegar al mar. Tales son las medidas de protección que preservan el paraje que desde el propio Sanlúcar hasta Matalascañas (otro importante núcleo turístico de la zona perteneciente a la provincia de Huelva), localidades que distan no más de veinte kilómetros en línea recta, están conectadas por carretera mediante el paso por Sevilla, una ruta de unos doscientos kilómetros.

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Una puesta de sol en la desembocadura del río Guadalquivir.
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Batir de las olas sobre un pequeño acantilado cercano a Bolonia. Se aprecia, en el horizonte, la cordillera del Atlas.

Aprovechando la cercanía decidí aproximarme a Tarifa y Bolonia, desde donde se puede contemplar con total nitidez Tánger y demás localidades costeras pertenecientes a Marruecos mediante el estrecho de Gibraltar, la salida más importante del mar Mediterráneo seguida por el canal de Suez y el estrecho del Bósforo, tristemente conocida por todos debido al casi continuo trasiego de inmigrantes procedentes del continente africano.

Precisamente aquí radica uno de los momentos más impactantes de mi viaje. En muchas de las playas de la localidad gaditana aún se conservan algunas pateras que han tenido el dudoso honor de traer a nuestro país en condiciones infrahumanas a muchas personas en la busca de una vida mejor. El encuentro con esta aparentemente simple embarcación trajo a mi memoria el recuerdo de como la Guardia Civil recogió el cuerpo sin vida de un niño en una playa de Motril, teniendo yo tan sólo cuatro años.

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La realidad nos ofrece, en ocasiones como ésta, baños de ella misma que nos hacen imaginar las miles de historias andantes y pensantes que han viajado en esa nave, la esperanza de cambio que se veía a pocos kilómetros en el horizonte, las muchas desventuras de esas pobres gentes antes de llegar a Europa y las otras tantas cuyo fin lo encontraron en el mar. Ahora están ahí, tendidas sobre la arena, como vestigio del triunfo de los que consiguieron arribar y como huella del fracaso de los que no tuvieron tanta suerte.

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Texto y fotos: Álvaro Arrans.

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