Brest

El comienzo fue algo muy rápido, como en un abrir y cerrar de ojos. Serguéi ni siquiera tuvo tiempo de asimilar todo y a todos a los que había perdido. Las agujas del reloj solo habían dado una vuelta completa desde que empezó el tormento. Eran las escasas cuatro de la tarde, y Serguéi estaba tumbado, boca arriba. Le vestía su uniforme militar, verde musgo, y en esa estancia le acompañaban soldados valientes. Vivos y muertos.

Llevaba doce horas resistiendo en aquella posición, librando una batalla en la que su única victoria podía ser salvar la vida a toda costa. Unos minutos sin tiroteos ni bombardeos le sirvieron para darse cuenta de que tenía los ojos llenos de barro y que el sonido de los cientos de bombas que cayeron a tan poca distancia de él le habían dejado un zumbido agudo y constante en los oídos.

Hasta ese momento ni siquiera había caído en la cuenta de que estaba atrincherado en el economato de la Fortaleza. Allí dentro el ambiente era oscuro y gris por el polvo de cemento que flotaba en el ambiente. Hacía mucho frío, mucho más de lo normal para ser junio. Fuera, el sol se veía encerrado detrás de unas nubes negras y la llovizna que caía se colaba por los cristales rotos.

El panorama alrededor era desolador. Un cadáver estaba tumbado bocarriba sobre una báscula del mostrador. El peso marcaba 87 kg. Mostraba sus ojos azules abiertos mirando fijamente hacia una de las paredes agrietadas por los bombardeos. El color tan vivo de su piel, su corpulencia y juventud hacían pensar que en cualquier momento se iba a levantar, a sacudir el polvo de su uniforme y a continuar luchando con la misma energía con la que lo hizo hasta el final.

Debajo del mostrador había otro soldado. Tenía los ojos cerrados y yacía completamente estirado en el suelo, con una caja de cigarrillos en la mano. Llamaba la atención todo el barro que tenía en las botas. Una enorme mancha marrón, muy oscura, recorría la camisa verde parda por todo su costado izquierdo. Era Vasili, el cuñado de Serguéi. También era un tirador nefasto en las prácticas de campo. También su mejor amigo.

Los vivos allí tenían peor aspecto. Uno de ellos, de entre dieciocho y veinte, comenzó a llorar. Sus sollozos, casi rítmicos, acompañaban los zumbidos en los oídos de Serguéi para componer una banda sonora aterradora. Él sí pudo ver morir a los suyos a lo lejos y, después de doce horas, la tregua le dio permiso para llorarles.

Al otro lado del muro, a muy pocos metros, estaban ellos: los alemanes. Firmes como estatuas, impasibles a la hora de cumplir su deber a cualquier precio, gritando cosas inteligibles en su terrible idioma y con esa tan característica coraza que cubría toda su humanidad. Ellos ya estaban allí, contra todo pronóstico, masacrando todo y a todos. Eran una perfecta máquina apisonadora y Serguéi y los suyos grava fina. Polonia ya era suya, ¿caería también Bielorrusia en tan poco tiempo?

En el economato no había víveres, tampoco esperanza. Entre dos estanterías, un soldado de mediana edad empezó a grabar con una piedra una de esas frases que se escriben parte con el corazón, parte con la cabeza: Muero, pero no me rindo. Adiós, Patria.

Serguéi nunca llegó a saber qué fue de los suyos, pero ya sabía que allí dentro no le quedaba nada. A Sergei ya no le quedaba nada.

La de nuestro quimérico soldado, seguro, fue una de las muchas historias de ese mes de junio del 41 con las que la Humanidad está en deuda. Serguéi, al igual que otros muchos en la Fortaleza de Brest, murió. Pero con su muerte hizo nacer el principio del fin de la II Guerra Mundial. O, como la llamarían sus camaradas en el futuro, la Gran Guerra Patria.

Texto y fotos: Álvaro Arrans

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