Underground

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Fin. Sin lugar a dudas, los viernes eran los peores días. Después de casi cinco horas de clase, el descanso de fin de semana era algo mucho más que merecido. Abandonó el recinto esquivando a todos los grupos improvisados de personas que se habían aglutinado bajo el inmenso cartel que señalizaba la entrada al aula veintitrés. Quería correr, salir de aquellos pasillos infinitos lo más rápido posible. Y así lo hizo. Muy poco tiempo pasó desde que cambió los pasillos de su universidad por los túneles del metro.

La realidad dentro de aquel vagón, como cada día, era desoladora. Gentes pálidas y vacías, llenas de nada. Con trajes o camisetas, tacones o mocasines. Su imperante necesidad, como cada día, fue evadirse de aquella realidad, colocando sus auriculares en sus oídos.

Veía sus caras, intentaba imaginar el nombre y la historia de cada rostro. Entre pista y pista se quitaba uno de sus auriculares para comprobar que todo seguía tan aterradoramente normal como antes. Y, efectivamente, la tosca monotonía y aquel horrible silencio, tan sólo roto por el eco del chirrido de las ruedas al paso por alguna curva, continuaban ostentando el poder del ambiente de aquel habitáculo móvil. No había palabras, ni amabilidad entre aquellas caras que parecían recién salidas de una fábrica de expresiones amargas. Tan sólo los “próxima estación” de una cinta de megafonía de voz robótica que emulaba una cordialidad humana plenamente ausente en aquel lugar.

Parada. Trasiego de humanos entre tren y estación. Salida. Túnel. El proceso era cíclico, pero nunca podía adivinarse cuál de aquellas cabezas iba a ponerse en pie al detenerse el convoy. Más y viejas caras, con uniformes, miradas perdidas y toda una historia que contar a la espalda de cada sujeto. Gritos convertidos en suspiros de agotamiento, ahogados en ruido musical -de moda- que aislaban a cada burbuja del mundo real.

Estación. Estación. Estación. Estación en curva. Estación. Se acababan las oportunidades, se acababa el trayecto. Ni más música ni más volumen hacían ya ameno aquel camino. Ansiaba la llegada del momento en el que se pusiera en pie, caminara hacia las puertas y las abriera, pulsando ansiosamente el botón incluso antes de la parada total.

Atrás quedaron sus compañeros, quizá aún hablando en la puerta de clase. Atrás quedó todo el pasaje de aquel coche, con el unísono baile de cabezas con cada parada y cada salida. Atrás quedó, incluso, aquel chico sentado a su lado que esperaba a que lo escuchara a él en lugar de a su música. Atrás quedaron aquellos infelices, embarcados en un tren que puede que no los llevara a ninguna parte.


Texto: Álvaro Arrans

Imagen: 林 同

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