Jánovas

En algún lugar del Sobrarbe aragonés, aún vive el cadáver de lo que algún día fue el pueblo de Jánovas. No está muy lejos de la carretera que une Sabiñánigo con Portbou, a una cota mucho más baja que no hace sino parecer esconder con vergüenza lo que ya hoy es un puñado de ruinas, de las que atestiguan vidas rotas. La historia de la muerte de este pueblo es un fiel reflejo de otra gran historia de nuestro país, la del negocio cruel con una palmada en la espalda, de la que no hacemos más que recoger testimonios desde 1936.

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Un quindenio después del inicio de la dictadura, los habitantes de la localidad de Jánovas recibieron la primera notificación formal de abandonar sus casas, que serían expropiadas en favor del régimen franquista y de la sociedad mercantil que las reclamaba: Iberduero (Iberdrola). El propósito, infectado de intereses, era el de construir un pantano en el valle de la Solana, cuya ejecución encontró como obstáculo la vida cotidiana que la gente de la comarca hacía en sus casas.

Más de un centenar de familias, las que respondieron al primer llamamiento, se vieron exiliadas dentro de su propio país y no tuvieron más remedio que buscar otro terruño en comarcas colindantes o en grandes ciudades como Zaragoza o Barcelona. Las que no lo hicieron empezaron a comprobar la punibilidad de sus acciones, pues no pasó demasiado tiempo hasta que las casas de los que se habían ido comenzaron a ser dinamitadas sin previo aviso.

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Con la mitad del pueblo reducido a escombros, los que aún resistían sabían que lo que les esperaba era un pulso que quizá no pudieran ganar. Una guerra de un pueblo moribundo contra el poder del franquismo y de sus amigos. Todavía en 1966 había quien apoyaba a Jánovas: la administración regional prohibió cerrar la escuela del pueblo mientras hubiera niños que vivieran allí o en los pequeños pueblos vecinos. Sin embargo, el 4 de febrero de ese año Iberduero «derribó la puerta de la escuela, sacó de los pelos a la maestra y echó a los niños a patadas», según reza un pequeño cartel que recuerda los últimos momentos de vida del municipio.

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Sin nada que les mantuviera allí, los pocos que se atrincheraban en Jánovas decidieron rendirse y ceder al acoso. Tan solo Francisca Castillo y Emilio Garcés resistieron en el pueblo cerca de dos décadas. Completamente solos hasta 1984, momento en el que les cortaron el agua y la luz y tuvieron que irse, a sus 56 y 70 años. En esos 20 años, viendo que el pantano no salía de el papel de su diseño, muchos fueron los que probaban suerte volviendo algunos días a lo que quedaba de sus hogares y trataban de arraigarse a su tierra cultivando cualquier cosa. Pero el fantasma de Iberduero destrozó varias veces las cosechas antes de recolectarlas y cortó el puente que conectaba el pueblo con la carretera, al otro lado del río. Cubierta de vergüenza quedó la victoria de Iberduero en la batalla de Jánovas. Más aún cuando en 1984, una vez que consiguieron tener el pueblo vacío, perdieron completamente su interés en él.

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En 2001 Iberdrola obtuvo la negativa al proyecto por razones medioambientales, si bien no desestimó oficialmente el proyecto hasta 2005. Hoy Jánovas no es más que escombros y recuerdos. Ahora se suma un puñado de ilusiones, pero no van a devolver a sus dueños originales lo que les fue arrebatado como capricho. «Como yo vuelva a Jánovas, no me sacarán nunca más viva. Muerta ya me han sacado», decía Francisca Castillo en 1984 a la cámara de Eugenio Monesma. Hoy no vive para contarlo, pero tenemos que ser nosotros los que no hagamos morir lo único que queda de Jánovas: su memoria.


Texto y fotos: Álvaro Arrans Almansa

 

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